Fraseos en Convenientland


Hay una palabra
abril 4, 2010, 8:05 pm
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Pocas veces encuentra uno la oportunidad de condensar en una sola palabra los deleites y agravios que supone mudarse a un país nuevo. Sobre todo cuando el país de adopción es Estados Unidos, y cuando los agravios y deleites se manifiestan en igual proporción en cada una de las nuevas impresiones. Mucho se sabe y se ha dicho sobre los contrastes América-Europa, sobre los excesos alimentarios de los primeros (que en realidad no lo son tanto) y sobre la tendencia al esnobismo de los segundos, pero nunca había sido yo capaz de identificar tan clara y rápidamente la verdadera esencia de una sociedad, y menos aún de condensarla en una palabra: conveninence.

La connotación de esta palabra poco tiene que ver con la más bien peyorativa acepción de nuestra conveniencia, la cual se asocia a un interés aprovechado y utilitarista de algo o alguien. Piénsese por ejemplo en los matrimonios de conveniencia. Sin embargo, convenience, en su sentido americano, viene a reflejar el amor por la comodidad, la eficiencia y la economía de tiempos que ha hecho de este país la mayor potencia económica del mundo, pero también la cuna del consumismo más alienante  y una potencial fábrica de unidades adiposas con mando a distancia incorporado. Según wikipedia:

“Convenience is anything that is intended to save resources (time and energy) or frustration”

A priori nadie debería objetar nada contra cualquier cosa que sirva para ahorrar tiempo, energía y menos aún frustración. Pero la cosa cambia cuando lo cotidianamente práctico se convierte en un principio obsesivo que rige hasta el más absurdo de los detalles. Dejando un poco al margen el tono académico-columnista-pedante, paso a narrar el caso de convenience más descabellado que hasta ahora me encontrado. Me dirigía yo a los vestuarios de la piscina que frecuento, tras una intensiva sesión de entrenamiento con mi nuevo equipo, cuando al pasar por las duchas me fijo en una larga fila de tíos que esperan para poder usar un armatoste parecido a una nevera. Decidido a superar mi complejo de Paco Martínez Soria, me sitúo en la cola como si se tratase de un gesto tan cotidiano para mí como lo era para ellos. Cuando sólo me quedaba un turno para despejar mi curiosidad, pongo toda mi atención en el tipo de delante, que sin saberlo, hará las veces de instructor de aparatos inútiles. La maquinita en cuestión no era otra cosa que un sencillo escurridor que funciona bajo el mismo principio centrífugo de un escurridor de verduras del todo a cien, pero que consume la misma energía que un acelerador de partículas, y que sólo sirve para ahorrar el simple gesto de torcer una prenda. Aún más absurda es la utilidad del invento cuando tenemos en cuenta el tiempo que hay que esperar para hacer uso de él. El análisis coste-beneficio del artilugio no arroja más que estrepitosas pérdidas. Como diría J. Lee, es perder el tiempo, el dinero y la categoría, pero los ciudadanos americanos todavía lo consideran un dispositivo muy conveninet.

Así pues, en algún momento la adopción de sistemas costo-eficientes al servicio del progreso y el bienestar propio de las sociedades occidentales y el sistema capitalista pasó a convertirse en una herramienta de despilfarro de implicaciones casi dadaistas. Y es precisamente esta lectura del asunto, es decir, la delgada línea que divide lo absurdo de lo racional, lo eficiente de lo inútil, la que espero sea la tónica general de este blog que aquí y ahora inauguro. Y no pudiendo ser de otro modo, la imagen de la corte suprema de justicia americana, junto con el poder diurético de los espárragos trigueros, servirán de icónica imagen de los fraseos de un servidor en el país más conveniente del mundo.




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