Fraseos en Convenientland


The Legendary Shack Shakers
mayo 28, 2010, 3:27 am
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Es normal que te gusten hermoso mío. Si son los Legendary Shack Shakers.

Al final va a ser que la escena underground de Convenientland está to bien, primo



Brindemos
mayo 15, 2010, 6:36 pm
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Hasta que le salga algún curro o la admitan en el conservatorio de Baltimore, EvadelaFoxxa pasa las mañanas en una academia de inglés del centro de DC, principalmente frecuentada por hijos y esposas de personal diplomático. Parece haber hecho buenas migas con un grupete majo de jovenzuelos y jovenzuelas, a quienes a veces se les une el hijo de un importante cargo angoleño. La criatura en cuestión, con tan sólo 17 añitos, viene cargando una comanda de 1 milloncejo de dólares al mes en gastos personales, incluyendo su estancia en el hotel más caro de la ciudad, un Lamborghini, puterío de lujo, etc.

El otro día les contaba a mis colegas de trabajo como la criatura se había gastado una fortuna en un pequeño convite con sus compañeros de academia, a razón de 600 dólares la botella de champán. Ante semejante despiflarro de los recursos de un país hambriento, supongo que cualquier ciudadano con una mínima sensibilidad debería sentir un cierto grado de rechazo, o tal vez indignación. Eva, presente en el convite, dejó su copa de champán al segundo sorbo (nunca le gustó el Dom Pérignon). En cambio, esta  fue la reacción ante mi relato de aquellos devotos profesionales, entregados a la causa de la lucha contra la pobreza:

“… Pues dile a Eva que para la próxima fiesta nos invite, jajaja!!¨

Tras mi relato y las subsiguientes reacciones, nos sirvieron los bloody maries y brindamos por …. no se qué



El abominable hombre de Convenientland (II)
mayo 9, 2010, 8:21 pm
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El almuerzo con Bob y sus secuaces fue más agradable de lo que esperaba. Introducción formal, un par de comentarios superficiales sobre nuestros respectivos países de origen y enseguida pedimos la comida. Podría haber dicho la verdad y explicarles que mi trabajo como analista en el departamento de Medio Ambiente para Asia poco tiene que ver con concesiones multimillonarias de infraestructuras (lo cual no quiere decir que esté exento de oscuros intereses) , pero por alguna razón me fue fácil enmascararme de lo que no soy. De no haber sido así, el almuerzo hubiera resultado una pérdida de tiempo desde su perspectiva y un punto en contra para Bob con respecto a sus anfitriones. Les conté que mi puesto estaba secundado con fondos del gobierno español como parte de su estrategia para conseguir contratos a empresas españolas. Me preguntaron sobre los intereses de España en Asia y convincentemente les hablé de algunas empresas de energías renovables que en los últimos años habían abierto mercado en India. Jamás me he interesado sobre tales cuestiones, pero milagrosamente aún conservaba algunos conocimiento sobre tema, gracias a la experiencia de mi viejo amigo A. en una multinacional del sector.

Me había ganado unos cuantos puntos y, como recompensa, enseguida me ofrecieron sus contactos. Ahora me veía en la obligación de llamar y quedar con otra serie de alimañas, que supuestamente podrían ayudarme. ¿Ayudarme a qué? ¿Cómo coño me había dejado llevar a esta situación? El sistemático intercambio de tarjetas precedió a una cordialísima despedida. Mi aparentemente agradecido semblante ocultaba la frustración que en verdad sentía por haber perdido las riendas de mi vida. Quería odiar a Bob, pero en el fondo sabía que mi debilidad de carácter era la auténtica causa de mi actual situación. ¿Me estaba transformando en lo que siempre he odiado? ¿Tan rápido se diluyeron mis principios en la “melting pot” de Convenientland?

Pasaron los días. Obvié mis protocolarias obligaciones para con las alimañas, y casi llegué a olvidar que el encuentro había ocurrido. Un par de conciertos en la escena rockera underground de la ciudad ayudaron bastante. Sin embargo, Bob volvió a llamar. Había olvidado que, previamente a su metamorfosis, acordamos asistir juntos al concierto de Ron Carter en el Bohemian Caverns (el legendario local que 60 años atrás inauguró Duke Ellington). No pude econtrar una excusa para negar al contrabajista de Coltrane.

El local era realmente impresionante. Nada parecía haber cambiado en aquel lugar, excepto la excitación y el ambiente propio de un local de moda , que ahora daba paso una a extraña aura de museo arqueológico. La música fue excelente e incluso tuve oportunidad de intercambiar unas palabras con el artista. Bob realmente parecía estar disfrutando la música, y por un momento llegó a recordarme al tipo que conocí en Madrid. La sensación resucitó del todo cuando un viejo amigo suyo, de unos cincuenta y pico tacos, ataviado con una camiseta de ZZTop y acompañado de una ex-buenorra de la misma quinta entraron en escena.

Tras el concierto Bob y el sujeto cincuentón se abrazaron efusivamente e intercambiaron una serie de insultos e improperios que ni en la mismísma Pulp Fiction. Will, que así se llamaba el tipo en cuestión, había sido compañero de doctorado de Bob y ahora ocupaba su tiempo como consultor del departamento de defensa. La ex-buenorra estaba demasiado borracha como para poder pronunciar su nombre correctamente. Creo que se dedicaba a algo relacionado con la neurología. Salimos a la calle, y en cuestión de segundos nos encontrábamos fumando porros y comentando entre carcajadas multitud de anécdotas. La temática de su camiseta fue una gran excusa para comenzar una conversación sobre música, autenticidad y mal envejecimiento, que a los poco minutos derivó en una vehemente diatriba de mi interlocutor hacia su ex compañero de correrías universitarias. Al parecer Bob se había ganado la fama de avaricioso entre su grupo de amistades, que con los años parecía haber incrementado exponencialmente y paralelamente a sus caudales. Will parecía querer persuadirme de su forma de vida, y, sin saberlo, de alguna manera consiguió quitarle hierro al asunto de las alimañas y su afan monetario. Sorprendentemente Bob no parecía en absoluto molesto por los comentarios de Will, sino que abiertamente participó en su propio linchamiento.

Seguimos extendiendo el hilo de la conversación, y el linchamiento de Bob dio paso a algunas discusiones académico-económicas. Creo que es importante resaltar que hasta este punto, nadie en la mesa había mencionado que yo trabajaba en el BM. No sé a cuento de qué les comencé a hablar de un libro de Amartya Sen que estoy leyendo sobre cultura e identidad india, pero Will apenas me dejó terminar la frase. Notablemente orgulloso y emcionado nos contó que él había sido ayudante de investigación de Sen, y uno de sus alumnos más aventajados. Su admiración por Sen era infinita, y al parecer siguen manteniendo una gran amistad después de todos estos años en los que la necesidad ha empujado a Will a dedicarse a menesteres menos apasionantes.

La noche no pudo acabar de manera más surrealista. La conversación dio de nuevo un brusco giro cuando el inoportuno de Bob sacó a colación la historia de la cuarta esposa de Will. La ex-buenorra, que milogrosamente todavía se mantenía en pie después de los porros y las cervezas, digerió muy mal el hecho de que Will no le hubiese contado que había tenido cuatro esposas, y menos aún que la última de ellas hubiese quemado la casa a propósito. La negativa por parte de Bob y Will a desvelar las razones de tan despechado acto tampoco contribuyó a apaciguar sus humos. La noche me estaba resultando tan maravillosamente surrealista, que en absoluto vi dramatismo en el modo en que ella amenazaba con marcharse y no volver a llamar a Will. Sin embargo, fue el propio Will quien de un bofetón me devolvió a la cruda realidad de Conveninetland. Cuando regresó de rescatar a su indignada acompañante, se dirigió a mí en petit comité y, en lugar de darme algún maduro consejo sobre las mujeres, me miró fijamente y me dijo:

- Hey, do you have a job here in DC?

- Yeah, I do -. Contesté sin querer dar demasiados detalles

- Good for you. Don´t lose it, man. Not in this country

Acto seguido, nos intercambiamos las tarjetas y cordialmente nos despedimos.



…tallica
mayo 2, 2010, 3:07 pm
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Siempre me he resistido a la idea de renunciar a los mitos y héroes de adolescencia a medida que uno se va haciendo mayor. Frente a la habitual vergüenza ajena ante la música y libros que solíamos consumir, y que ahora sustituimos por productos más acordes a nuestra madurez y rol social, siempre he defendido que el dietario cultural de cualquier persona ha de forjarse cumulativamente a lo largo de su vida. Pero ¿qué ocurre cuando nuestros primeros héroes ya no representan ningún ideario con el que nos podamos (o hayamos podido) identificar? Esto le ocurre a muchas personas que, como yo, no tuvieron la suerte de elegir a héroes intelectualmente sólidos y consistentes. A mí me molaban Metallica.

Por mucho que haya enriquecido mi universo musical y profundizado en las mieles del (poco) saber, sigo adorando los bestiales riffs de Master of Puppets y su falta de ideario más allá del headbanging compulsivo. Pero claro está que uno ya no puede vestir con orgullo sus camisetas de calaveras y letras picudas ante escenas tan lamentables como esta:

La ridiculez de su actitud, su incoherencia musical y el total abandono de cualquier atisbo de autenticidad me hicieron perder prácticamente todo el respeto por esta banda. Sin embargo, me niego retundamente a engrosar la interminable lista de melancólicos desfasados y absolutos renegados que se debaten entre la tragedia y el odio en los foros de internet. Creo que existe una forma mucho más sana y recomendable de reciclar los viejos mitos que una vez te decepcionaron: hay que hacer leña del arbol caído. Y si además, si se hace con mucho talento y total irreverencia, te sale un engendro tan cojonudo como la banda que tuve el placer de ver hace unas semanas en la capital de Convenientland: BEATALLICA.

A estos freakis (que ya conocía yo gracias a Mr. Firedrill) se les ocurrió la fantástica idea de mezclar canciones de los Beatles con riffs y letras de Metallica, dando lugar a ocurrencias como estas:

- “And justice for all my loving”

- “Ktulu (He’s so heavy)”

- “Hey dude”

El concierto fue divertídisimo, y además de la socarronería y el buen humor, me sorprendió la calidad e ingenio de los arreglos musicales. Todo un descubrimiento.

Pero no acaba la cosa aquí, no. El otro día, ojeando las estanterías de una estupenda  tienda de libros de segunda mano que hay debajo de mi casa, di con un ejemplar que igualmente contribuiría a fortalecer mi nueva relación con Metallica. ¨METALLICA AND PHILOSOPHY”. Un pequeño volumen que trata de acercar la filosofía clásica a los jóvenes descerebrados que (como yo en su día) malgastan su tiempo discutiendo sobre cuál es el mejor solo de Kirk Hammet. Sin embargo, los títulos de los capítulos me sedujeron al momento. Algo impagable:

- The struggle within: Hetfield, Kierkegaard, and the pursuit of authenticity
- The Metal Militia and the Existentialist Club
- Existensica:Metallica meets existentialism
- Metallica, Nietzsche and Marx:the immorality of morality

Menuda risión me pego cuando voy al water con el susodicho libro bajo el brazo.




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