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Corrió en línea recta, ágil y alegre, seguro de que la angustia quedaba allí, enfriándose sobre la negra tierra roturada. La gran noche incomprensible y secreta venía veloz en su busca y se deslizaba bajo su cuerpo incansable. Ahora los pies golpeaban locamente en el pasto humedecido, atrayendo vertiginosamente el ombú junto al pozo. Corrió unos metros en arco y tomó a la derecha, arrastrando la larga sombra de luna que acababa de nacerle. El cansancio le sacudía feroz el pecho, abriéndole los labios entre los dientes apretados; pero siguió corriendo, corriendo, apilando minutos y metros, como si aquella felicidad salvaje que se le había aparecido bruscamente lo llevara veloz de la mano, hendiendo la noche de hielo
(J.C.O.- El obstáculo)
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Por alguna razón me decidí a comprar el dichoso aparato nada más llegar a Convenientland. Lo heredé de la anterior inquilina de mi apartamento por un módico precio, cediendo a los miedos infundados por el departamento de interior sobre los casos de apropiación indebida de identidad y demás delitos informáticos. Luego pensé que teniendo una chimenea, para qué cojones quería yo una trituradora de papel. Hoy me dispongo a deshacerme del glotón electrodoméstico (electroburocrático) tras dos años de absoluto abandono y hambruna. Un anuncio en el portal más importante de clasificados del país, y otro en el boletín interno de El Circo en el que incluyo todas mis pertenencias prescindibles y mobiliario. Dos semanas publicitando mi desapego por estos objetos, y nadie del mundo exterior muestra interés por la trituradora. Cinco días en el tablón de anuncios del Circo, y casi tengo que subastarla al mejor postor.
Menudo atracón debe estar dándose la maquinita
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Los dos rostros sonrientes precedieron al resto de sus cuerpos al irrumpir en la estancia. Los nudillos, que no fueron usados para anunciar la invasión, me fueron ofrecidos como cordial preámbulo a la terapia no solicitada. Estuco de emergencia para revestir las huellas del hastío y la desidia, y enseguida mi mente, impermeable a los introductorios agasajos, repasa en silencio los posibles escenarios y propósitos de la incursión de ambas mujeres. Si nadie les dijo, probablemente ya adivinaron en mi escaso entusiasmo el avanzado estado de la enfermedad.
Mientras el intrascendente parloteo continúa, docenas de vaticinios, todos tocados en clave de tragedia o humillación, saltan desde las profundidades de un miedo casi olvidado. Ninguno el acertado. En su lugar, la ofrenda de la continuación. La viva e inesperada prueba de que el todo, cuanto más todo, más se afana en no perder a la parte. Como un miembro gangrenado y supurante que, aun a riesgo de infectar el resto de la carne, se intenta salvar para librar al cuerpo de la indignidad del muñón.
Sin dejar de mostrar agradecimiento y cortesía, decidí allí mismo amputarme en todo mi ser con gran estruendo de sangre y huesos astillados.
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Hoy no compro. No compro el arrepentimiento ni la ausencia. Ni un céntimo por millares ingastables, ni por retratos ecuestres colgados de la solapa. Que vengan otros a poblar el credo sollozante de la mentira a medias. Que se queden con el acero y el cristal. Aquí no hay comprador para interminables bailes de letras ni amistades de café a las seis.
Hoy no vendo. No vendo el anhelo de lo imposible ni el roce de una certeza. No acepto justiprecio por renunciar al diálogo con el azul. No habrá embargo de noches ni demencia postergada. Aquí se quedan el quién sabe y el Dios dirá. Hoy no se ofrecen cenizas de voluntad ni cadáveres imberbes.
Hoy no hay trato. No esta vez.
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Llevaba más de dos meses arrastrando mi indiferencia por los pasillos de la siniestra décima planta. Una indiferencia forjada en el sumo sacerdocio de la apostasía y el remordimiento. Como un gris destemplado de lluvia recia, tan extemporánea como la angustia de cualquier vigilia, la efigie de mi cada vez más delgado tronco se apoltronaba sin peso sobre el sillón giratorio. Las falanges desatendían el duro azote de una conciencia casi enterrada, derogando una a una las caducas directrices de un régimen anterior que ahora se negaban a ejecutar. Segundos y minutos agolpados sin rostro ni verdad se escapaban a cada gota de exhalación, ayudando a diluir el putrefacto hedor de la soledad buscada. Venida a menos por el peso de la cordura, mi torpe imaginación no acertaba a caer desnuda sobre la pérfida pantalla de colores infinitos.
Sin previo aviso ni concierto, sin notificación documental pertinente, la puerta del despacho se abrió…
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El cubículo. Esa obra de ingeniería del diseño de interiores funcional, capaz de cobijar momentos de privacidad con tus sueños extracurriculares, a la vez que dota a la oficina de infinita flexibilidad para configurar espacios. Para muchos, máxima expresión de la infamia postindustrial y símbolo de esclavitud moderna. Para otros, indiscutible línea divisoria de los estamentos de poder dentro de la organización corporativa. No así en las dependencias del BM.
En el BM, los cubículos son de uso exclusivo para una distinguida y poderosa aristocracia. Mujeres en su inmensa mayoría, de mediana edad en su práctica totalidad, el cuerpo de técnicos administrativos es más que un mero brazo ejecutor de órdenes externas. Gozan de grandes beneficios no estipulados por vía contractual, y por ser esposas, hermanas y amantes de altos cargos dentro de la organización, acceden a información privilegiada a la que ya quisieran hincarle el diente los periodistas del Convenientland Today.
A diferencia de sus esposos, no gozan del privilegio de un espacioso despacho con ventanales donde llevar a cabo sus planes de dominación. Ni falta que les hace, puesto que la ventaja de hablar su propio idioma las exime de la necesidad de conspirar a puerta cerrada. En efecto, como si de una orden sacerdotal cabalística se tratara, sus esmaltadas uñas teclean a diario los indescifrables códigos de acceso a un sistema que nadie más entiende. Entre ellas se establecen telequinéticas conversaciones a base de miradas, guiños, gestos de complicidad, y cuando entablan conversación a través del discurso oral, lo hacen por medio de ininteligibles acrónimos y jerga financiera. Aunque entre ellas también existe una cierta organización piramidal, lo cierto es que todas se hacen valer de un respeto y misterio fácilmente perceptible desde el primer momento.
A veces, seguramente como fruto del delirio que pueden llegar a causar las hojas de Excel, me pregunto si esta selecta aristocracia trasciende los meros flujos de información confidencial, para convertirse en un auténtico foro de poder alternativo a través del ocultismo. Muchos son los indicios. La quincalla de corte religioso, las plantas aromáticas o las fotos de supuestos parientes que recubren las frías planchas de pladur dotan a sus cubículos de un aspecto casi litúrgico, lo cual contrasta con la sobriedad de la mayoría de despachos (incluso los ocupados por amantísimas madres de familia). Desaparecen juntas a la hora de la comida, pero nunca se dejan ver en la cantina del edificio. Aparentemente, sólo a ellas se les concede el derecho (u obligación, según se mire) de traer a la oficina comida casera para compartir con los compañeros en ocasiones especiales. Aterrorizan a becarios y consultores, pero se ganan el favor y el respeto de mandamases como por arte de hechizo.
Sin embargo, el hecho más significativo ocurrió el día que me presenté en la oficina cargado con una enorme planta para decorar mi sombrío despacho. De inmediato saltaron a la estancia con un fingido interés por la especie en cuestión. Me dieron recomendaciones que seguí al pie de la letra para mantenerla vigorosa (la planta, digo). La cambié con frecuencia de lugar para que recibiera la mayor cantidad de luz posible, podé las ramas crecidas en exceso y por supuesto la regué según lo recomendado para una Phildendron Scandens. Nada. A las pocas semanas, seca como la mojama y a la basura. El mensaje me quedó claro. Al día siguiente cumplía 31 años, y para asegurarme de que llegaría a los 32, nada más llegar a casa me zampé yo solo los brownies que pensaba llevar a la oficina como festejo.
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Hoy mi gratitud trasciende el primer regalo que recibí de tí
Porque el paso de los años te aleja cada vez más de ese desánimo enquistado
que sufren las cabezas nevadas y muchas de las aún en primavera
Viajando en dirección contraria a la que marcan los biorritmos
Levantado los muros de tu pequeña Valhalla
desde donde sigues gestando tu resistencia
Una resistencia serena, sin odio, pero valiente
Y allí, desde tu retiro monástico
te has reencontrado con la sed de justicia y el hartazgo de lo mediocre
¿Cuándo lanzarás tu ataque definitivo con ese ejército de felinos sin hogar?
Mi gratitud trasciende hoy lo que heredé de tí
Desde la osamenta ligera, hasta el no saber decir no
pasando por la tendencia hacia las ensoñaciones quijotescas
Hoy todo eso queda a la sombra de lo que en verdad te debo
A ti, para quien el entusiasmo se esconde detrás de cada esquina,
A ti, que cuanta más fe en la humanidad pierdes, más amigos ganas
A ti, incansable guardiana de quienes no tienen culpa
Te lo debo todo (y “no me debes nada”, me dirás)
Pero hoy, ni el maldito FMI podría ayudarme a saldar esta deuda
Porque tú eres quien eres, y a los demás los encontré en la calle
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Debería comenzar este post resaltando el hecho de que ésta ha sido la primera de mis incursiones en territorio asiático, seguido de una presentación del contexto y objetivos de la misma, para después embarcarme en una refrescante narración de anécdotas excéntricas y contrastes culturales y así despertar la admiración de mis lectores. Por último concluiría con una edulcorada exaltación de lo exclusivo e inaccesible del lugar y lo mucho que he aprendido de la experiencia. Todo acompañado de una foto bien escogida que muestre una estampa exótica como fondo a una sonrisa de autocomplacencia.
En lugar de todo esto, me limitaré a describir sarcásticamente la estructura habitual de un blog de viajes y a resumir con estilo pseudoliterario las principales enseñanzas e incógnitas que me llevo de vuelta a Convenientland.
Lección 1
Las aglomeraciones urbanas son lentes intensificadoras de las pasiones y miserias humanas. En Bangladés en particular, las ciudades transforman la pobreza en una ciénaga de indignidad, contaminación, y desesperación por sobrevivir. El dulce caos del ajetreo urbano esconde a cada paso escenas intercaladas de miseria, en un mar de protocapitalismo cutre y anuncios de telefonía de última generación.
Lección 2
La pobreza no es sinónimo de miseria cuando la naturaleza provee directamente lo poquito que se tiene. Si hubiera nacido en Daca, la probabilidad de haber acabado con mis huesos en el río tras años de vagabundeo forzado es relativamente alta. La probabilidad de haber prosperado con mi propio negocio, vestir ropas occidentales y llevar un móvil de última generación es relativamente baja. Si hubiera nacido en una zona rural costera, la probabilidad de tener mi pequeña barca para pescar y transportar mercancías es cercana al 100%.
Lección 3
¿Hay que irse a Bangladés para aprender todo esto? No, pero creo que mi crisis vocacional se resolvería más fácilmente si tuviera más oportunidades de recordarlo in situ.
Lección 4
Una tarjeta de visita del BM en una conferencia internacional tiene el mismo efecto que la presencia de Justin Bieber en Youtube. Aluvión de vulvas encharcadas y amenazas de muerte en la misma proporción (probablemente más de las últimas).
Incógnita 1
¿Por qué un país condenado a desaparecer bajo las aguas posee uno de los niveles de densidad poblacional más altos del mundo, con tasas de fertilidad en alza? ¿Por qué Holanda comparte estas dos características, pero difiere tanto en niveles de prosperidad?
Incógnita 2
¿Por qué se me está haciendo tan dura la transición a la vida adulta y la responsabilidad profesional? ¿Por qué me cuesta tanto mantener un carácter extrovertido en ambientes profesionales? ¿Por qué me cuesta tanto mantener viva una vocación que creía bien cimentada?
Incógnita 3
¿Por qué una aerolínea como Qatar Airways, dedicada a transportar a ciudadanos de petro-estados desde sus centros de negocios a paraísos fiscales y/o naturales, cuenta en sus vuelos con un repertorio musical que incluye: Motorhead, Sex Pistols, Rage Against the Machine, The Clash, Iggy Pop, Public Enemy, Manic Street Preachers, AC/DC, Iron Maiden, Nirvana, Guns N´ Roses (sólo el “Appetite”!), o Neil Young, pero ni rastro, por ejemplo, de Britney Spears, Ricky Martin o Shakira? ¿Es esto motivo de esperanza o de todo lo contrario?
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Hace años que renuncié a someterme a la indulgente actitud de los músicos en el instante posterior a una actuación. En algún momento aprendí que el disfrute de un concierto acaba con el último golpe de baqueta, y que cualquier deseo de conversar de tú a tú con el artista y hacerle llegar tu gratitud es mejor que permanezca en la lista de sueños imposibles, junto a las fantasías eróticas con Sophie Marceau. Para ellos, no es más que una repetitiva cantinela para sus cansados oídos, y es preferible dejar pasar la oportunidad en aras de preservar la dignidad propia. Más recientemente aprendí de la mano de un joven concertista de violonchelo que el arte de satisfacer a las masas sedientas de autógrafos y apretones de manos forma parte de un programa específico de aprendizaje sobre carisma, a través del cual se les enseña a bregar con adulaciones y comentarios superfluos. Como si de un curso de autodefensa se tratara.
Sin embargo, esta noche no he podido resistir la tentación. Probablemente serían los cuatro binlandens que llevaba entre pecho y espalda, o tal vez la atmósfera del Blues Alley (que a la postre se está convirtiendo en mi pequeña isla washingtoniana de recogimiento dominical nocturno), pero el caso es que Mike Stern ha tenido que poner su mejor cara frente a mi asedio:
“Hey Mike!. Thanks for the concert. It meant a lot to me. I just wanted to tell you that thanks to you I´m a musician. Let me just tell you a very short story. I was once trying to get into a music school, so they set this audition in which I had to go through a bunch of jazz standards. After a couple of bars they thought I was hopeless, since I was not familiar at all with all that repertoire. After my third attempt they asked me if I could play something that made any sense, and I started to play one of your tunes from the 1996 record.”Ok, you are in”, they said. So this is the first time I see you playing in concert, and I wanted to let you know how much it means to me”
La historia que le conté es 95% cierta. Lo único que difiere de la realidad, es que yo no perseguía la admisión en ninguna escuela, sino que ya estaba inmerso de lleno en unas clases colectivas con un gran guitarrista de jazz. Yo era el outsider del grupo. Nunca había recibido clases formales de música, llevaba una guitarra de cuarta categoría, nunca había tocado en un combo de jazz y apenas conocía el repertorio clásico de standards. Pero aquel día mis dedos volaron sobre el mástil de aquella baratija a ritmo de “Hook up” de Mike Stern. Tampoco nadie me felicitó ni me dio su aprobación en el momento. Pasé sin pena ni gloria por aquella escuela de verano para músicos, hasta que pasados 6 u 8 años uno de mis ex-compañeros de clase me reconoció entre su público. El chaval había progresado bastante y andaba de gira con su quinteto. En el descanso se acercó a la barra a pedir algo, y me reconoció antes que yo a él. “Hey, yo te conozco”- me dijo. ¨Estuvimos juntos en un seminario con Jaoquín Chacón. Tío me dejaste flipado con aquel tema de Mike Stern que tocaste.” Para mí fue como una especie de bautismo jazzístico.
No sé si la amplia sonrisa y el abrazo que Mike Stern me ha dedicado esta noche forman parte de su repertorio de muecas complacientes para sus fans. Lo único que sé es que los insoportables 20 minutos de frío, viento y nieve que han distado entre ese momento y este post, han merecido la pena.










